Este refrán popular nos advierte que vivir solo de ilusiones, promesas o expectativas futuras puede ayudarnos a sobrellevar el momento, pero no resuelve las necesidades reales ni materiales del presente.
La «esperanza» es un alimento para el espíritu que te «mantiene» vivo, te da aliento y te ayuda a no tirar la toalla; sin embargo, no tiene sustancia real, por lo que «no engorda» (no llena el estómago, no paga las cuentas ni soluciona el problema de raíz).
En el hablar cotidiano, se utiliza para despertar a alguien que está esperando de brazos cruzados que las cosas cambien por arte de magia o que se fía ciegamente de una promesa ajena. Nos recuerda que la fe es buena, pero sin acción concreta, te quedas en el aparato.
